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Comienzo narrando que tengo dos horrendos sentimientos dentro de mí: cobardía y miedo.
Miedo por que peligre la custodia de tu cuerpo a nombre de mis manos y una lamentable cobardía, desarrollada al envolver mi silencio.
Es que me pregunto si tu piel perderá el gusto de mi piel en algún momento del espacio y tiempo de la vida real que te designaron. Podría seducirte otra más cálida y tersa en un cerrar de ojos. Y me dejarás batallando sin armas a favor, me darás a conocer el término tragedia el cual tanto misterio encierra.
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No sé si continuar este experimento y seguir escribiendo para apreciar el rasguido del lápiz violando al papel, o dejar la mina a milímetros de este fragmento de prostitución y observar la sombra y su contorno.
Escribir para datar absolutamente todo. Que hoy, a las 19.33 de un jueves 4 de abril, me encuentro estómago aprisionado, piernas en alza. Mi mejilla descansa sobre mi mano para contemplar el nacimiento de cada letra que precede (de cada error, de cada incoherencia) y perfila el mayor presente de mis presentes:
Estoy sola.
El duro hueso de mi cadera encierra el placer
junto a mi mano derecha. Aprendo.
Aprendo: La mujer excita,
el hombre domina y la mujer disfruta
al ser estratégicamente dominada.
Es una fórmula compleja.
Tan compleja como el recorrido de mi mano,
el cual será irrepetible e imposible de enseñar.
Tomo y defino mi intimidad con el lenguaje que mi cuerpo
creó. Me hago pequeña y luego vuelvo a crecer.
La palabra lejos suena lejana,
mientras que cerca está a la vuelta de la página.
Me interrumpo y reanudo. Y así varias veces,
hasta que el lápiz por fin cae en el olvido y esto aquí termina.
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