jueves, 4 de abril de 2013

Muy de vez en cuando me sobran palabras del cuerpo. Nacen en mis tobillos, se rebelan atando nudos en mis rodillas y luego me abandonan en el sudor que ves cuando abro el puño de mi mano.  Sin embargo, hoy no. Esta vez me arrojan al piso de cabeza para escapar y dejarme balbuceando historias sin fin. 

 ♦
Comienzo narrando que tengo dos horrendos sentimientos dentro de mí: cobardía y miedo. 

Miedo por que peligre la custodia de tu cuerpo a nombre de mis manos y una lamentable cobardía, desarrollada al envolver mi silencio.
 Es que me pregunto si tu piel perderá el gusto de mi piel en algún momento del espacio y tiempo de la vida real que te designaron. Podría seducirte otra más cálida y tersa en un cerrar de ojos. Y me dejarás batallando sin armas a favor, me darás a conocer el término tragedia el cual tanto misterio encierra.


No sé si continuar este experimento y seguir escribiendo para apreciar el rasguido del lápiz violando al papel, o dejar la mina a milímetros de este fragmento de prostitución y observar la sombra y su contorno.

Escribir para datar absolutamente todo. Que hoy, a las 19.33 de un jueves 4 de abril, me encuentro estómago aprisionado, piernas en alza. Mi mejilla descansa sobre mi mano para contemplar el nacimiento de cada letra que precede (de cada error, de cada incoherencia) y perfila el mayor presente de mis presentes:


Estoy sola.
El duro hueso de mi cadera encierra el placer
 junto a mi mano derecha. Aprendo. 
Aprendo: La mujer excita,
 el hombre domina y la mujer disfruta
al ser estratégicamente dominada. 
Es una fórmula compleja.
Tan compleja como el recorrido de mi mano, 
el cual será irrepetible e imposible de enseñar. 
Tomo y defino mi intimidad con el lenguaje que mi cuerpo
creó. Me hago pequeña y luego vuelvo a crecer. 
La palabra lejos suena lejana,
 mientras que cerca está a la vuelta de la página.
Me interrumpo y reanudo. Y así varias veces, 
hasta que el lápiz por fin cae en el olvido y esto aquí termina. 

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