domingo, 31 de marzo de 2013



Hoy sueño que me resta el tedio y me calzo un par de  alpargatas para salir a la calle. Instantáneamente el pavimento aprisiona mis sienes y me envuelve en un estado entre líquido, gaseoso y sólido; amorfo. Mi temperatura corporal asciende y enciende mi respiración tanto como la sangre que se atropella en mis venas por la quietud, deformando mis nítidas sensaciones en indescifrables ondulaciones. Esto ocurre tan rápido que sonrío ante la ausencia de vecinos testigos, propio de un domingo, y me doy el lujo de quitarle la correa a mi libertad para merodear tras ella. Y así juego. Juego con palabras como si estuviera coreando los saltos de una rayuela e ignorando la señal de ALTO:


Nos patrullamos en poco tiempo,
patinando sobre la manecilla del reloj
Yo inmóvil sobre las tres,
fugaz como un segundero iba usted.


Pero en determinado momento siento todo mi cansancio reunido en asamblea dentro de mi cabeza. Mi cintura se da por vencida fácilmente y las rodillas no obedecen. Nada me gustaría más que sentarme al cordón de la vereda en compañía de palabras que garabateen hijos sobre un papel ordinario o quizás maniatar al barrio, de aroma a brasas y decorado otoñal, con las ruedas de alguna bicicleta. Me siento, y me da tristeza el no recordar a cuantos pies del suelo me encontraba ayer o hace apenas unos minutos. Porque desde el cemento todo es inmenso, aparte de los adoquines que peino con mis pies. Los edificios crecen como si se hubieran calzado un par de suecos, los árboles se desperezan por encima de mí, los pocos autos que pasan son trenes enfurecidos y yo soy una pequeña botella que alguien arrojó al mar de la ciudad y que quedó estancada sin escuchar chusmeríos de familia ni chicharras que los interrumpan, sin un mate ni murga que me acompañe, en este mismo barrio, en esta misma calle.




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