Hoy sueño que me resta el
tedio y me calzo un par de alpargatas
para salir a la calle. Instantáneamente el pavimento aprisiona mis sienes y me
envuelve en un estado entre líquido, gaseoso y sólido; amorfo. Mi temperatura
corporal asciende y enciende mi respiración tanto como la sangre que
se atropella en mis venas por la quietud, deformando mis nítidas sensaciones en
indescifrables ondulaciones. Esto ocurre tan rápido que sonrío ante la ausencia
de vecinos testigos, propio de un domingo, y me doy el lujo de quitarle la
correa a mi libertad para merodear tras ella. Y así juego. Juego con palabras
como si estuviera coreando los saltos de una rayuela e ignorando la señal de
ALTO:
Nos patrullamos en poco tiempo,
patinando sobre la manecilla del reloj
patinando sobre la manecilla del reloj
Yo inmóvil sobre las tres,
fugaz como un segundero iba usted.
fugaz como un segundero iba usted.
Pero en determinado
momento siento todo mi cansancio reunido en asamblea dentro de mi cabeza. Mi
cintura se da por vencida fácilmente y las rodillas no obedecen. Nada me
gustaría más que sentarme al cordón de la vereda en compañía de palabras que
garabateen hijos sobre un papel ordinario o quizás maniatar al barrio, de aroma
a brasas y decorado otoñal, con las ruedas de alguna bicicleta. Me siento, y me
da tristeza el no recordar a cuantos pies del suelo me encontraba ayer o hace
apenas unos minutos. Porque desde el cemento todo es inmenso, aparte de los
adoquines que peino con mis pies. Los edificios crecen como si se hubieran
calzado un par de suecos, los árboles se desperezan por encima de mí, los pocos
autos que pasan son trenes enfurecidos y yo soy una pequeña botella que alguien
arrojó al mar de la ciudad y que quedó estancada sin escuchar chusmeríos de
familia ni chicharras que los interrumpan, sin un mate ni murga que me
acompañe, en este mismo barrio, en esta misma calle.
No hay comentarios:
Publicar un comentario