jueves, 14 de febrero de 2013

  Quiero pedir un deseo. Porque sí, porque creo que me lo merezco, sin arrogancia más que con respeto. Nada me gustaría más que convertirme en algún objeto chiquitito, ordinario pero chiquito que puedas llevarte a cuestas con o sin protesta como un libro aloja entre costillar y costillar color mate, brazos decorados de tinta, a su fiel marcador. Quiero estar en esos tres pasos hacia tu cama, como en ese malestar caprichoso que tu cuerpo te deja por las mañanas, en el famoso y grave «buenas» como en las sonrisas jueguetonas que regalás sin valorar.
  A veces pienso que quizás desde la siguiente esquina nos leen en un microsegundo pero si remendamos nuestros hombros, uno junto al otro, esto resulta como historia antigua. Porque mi estómago de a poco aprende a hacerle frente al miedo, rostro ardiente que tomo entre mis manos y desfiguro a mi antojo hasta renacer en valentía. Solo queda pendiente que el malhumorado y colectivo pesimismo se despida junto a mi mayoría de edad, «y por favor andate despacito sin despertar al monstruo», palabras de Mario Benedetti.
  El enigma se resuelve. Y un jamás, de pronto es siempre.

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