lunes, 10 de diciembre de 2012

   Cuando la vio pasar montada sobre ese dragón rojo de aluminio y le pintó su aroma a eucalipto, acorde y sudor al paso, supo por el baile rítmico de sus manos atropelladas que era necesario sentarse y desangrar una inconsciencia de palabras de un tirón, antes de que un juego de vocales, tildes y rimas quedara enmarcado dentro del pequeño espejo del elevador, aquel que por rutina lo observa cada mediodía de cada día o que incluso hurta la lista del supermercado que se susurra con apremio por miedo a olvidar la sal.
   Veinticuatro pisos y once pasos hasta su dispositivo catártico lo obligan a aferrarse a un trozo de vida de diez segundos  frente al umbral de su edificio, como un jinete primerizo mantiene el equilibrio en su elástica y firme montura. Sin embargo, los segundos dentro de aquella jaula metálica se maquillan de minutos espesos, imitando exitosamente a un fundido bajo en un concierto de jazz en el cual se tiene la fortuna de estar en primera fila pero  al que  no se le aporta absolutamente nada por mero respeto, conviertiéndolo finalmente a uno en una máquina traga-emociones.
   Y así delira nuestro protagonista, enzarzado en un carácter nervioso que anula detalles y puntos suspensivos, cuando la libertad lo despacha en su piso. Luego de un conjunto innumerable de exagerados pasos cual zancudo de circo ligados a tropiezos, a llaves esparcidas por el suelo que de un momento a otro no encajan en el picaporte y palabrotas que violan al aire, finalmente llega y se abalanza a su máquina como un rayo que cae dos veces sobre un mismo lugar.
   Coloca una página blanca y rústica y comienza a traducir su visión al papel en plena tormenta de tres colores. Un viaje  sin retorno, con su cordura en juego, tiene comienzo. Su capricho cobra vida a partir de una mirada tan oscura como la tinta de la cual se la describe y la aparta de un mundo fantasma, y al crecer deja un estómago hambriento que se recupera a duras penas con hogazas de pan.
   Virginia: chica joven, virgen. Pura ante una mano ennegrecida de errores, sin estilo pero con voluntad de sobra. Y aunque la promesa de un párrafo más lo agota, no se detiene.  
Nombres, familiares, canciones, memorias y hasta pensamientos ideológicos resurgen de un viejo intento de cuento sin acabar para apegarse a esta nueva inquilina.  Y a medida que continúa a una altura en la cual solo descansa la luna,  repentinamente se pregunta si todo aquello es tan solo una creación espontánea, una copia distorsionada o esa realidad que de la nada deambula descalza desde la cocina hasta la sala, con una taza entre manos y gotas finas de sudor desembarcando en unas manos rojas...
... Y llora.  Llora, en un comienzo, como un cosquilleo nacido entre sus costillas y finalizando en un estremecimiento de neuronas agotadas. Porque una vez más, una idea se había evaporado en ese inevitable intento suicida de materializarse y vivir por cuenta propia fuera de todo guión.
  Por lo tanto el rito de desprendimiento tiene lugar: Quitar el papel y protegerlo en la cueva de su mano.  Esconder de la vista la máquina inocente y beber. Beber a su antojo y sin límites. Beber a la salud de Virginia, quien rodea su cuadra sobre un dragón rojo de aluminio sin saber que alguien escribe sobre, para y por ella.