Planea abandonar aquella cama impregnada de pelos color canela y de negación para aventurarse a lo que el mundo le depare: alcanzar la cima de una virgen colina y respirar con ahínco un oxígeno tan puro que rasgue la corrupción cívica de su garganta y pulmones, contemplar una estampida de ciervos inmortales, mantener extensas conversaciones con el eco refugiado en cañones de piedra y en pinos tan frescos como lágrimas invernales. Descansar los ojos en la oscuridad que se amontona bajo puentes vagabundos, colarse en trenes de ida y vuelta; vena arriba, vena abajo o simplemente darle vueltas a la manzana que sostiene en la mano. Sentir la seca ventisca de la madrugada rozar los hombros desnudos, el sopor del mediodía martillear el cráneo y la cruda noche pellizcar los pies helados.
Pero por sobre todas las cosas, perder sin remordimiento el recuerdo distorsionado de una ciudad deshumanizada en la que nunca se sintió alguien; en la cual se obligó a callar aullidos caóticos por temor a auto-categorizarse como un lunático idealista, tal vez incluso inclinarse a un egoísmo inconsciente, al priorizar su dicha ante la construcción infestada y rabiosa de una civilización ciega.
Y una meta: eternizar los sabañones hijos de las mil y un aventuras que irán a parar a un diario de viaje anónimo porque ya no se trata de apellidos ni de cigarrillos, sino de sepultar las putas reglas y echar raíces hacia rutas salvajes. Hasta la orgánica insania, ¡salud!