viernes, 4 de mayo de 2012



Vamos por la carretera una fría tarde de otoño.
Tú, mi amiga,  conduces serena, concentrada en ello. Sin embargo, yo sé que por dentro te palpita la angustia, entonces me limito a ir callada y embargada de melancolía.
No encuentro  distracción, no hay pájaros sobrevolando por acá. El gris y el azul opaco nos sublevan, exteriorizando nuestra tristeza y el tenue viento escurre sin triunfo mis lamentos.
Esta mañana llovió, lo noto por el brillo que barniza a la flora. Esta mañana algo cambió, lo refleja tu compungida cara. Desearía que dejaras de moverte inquieta en el asiento, aumentas mi ansiedad hasta la médula. Sólo espero no estés preguntándote lo que yo me pregunto. De ser así, me arrojaría del auto en este preciso momento.
‘Locuras no’,  me censuro.
Próximo en el camino, se irgue un túnel abrigado por hojas y bayas. En apenas segundos desapareceremos de la vista del cielo cual efímeros parpadeos y nos internaremos en él. Allí mis penas resultarán débiles comparadas al inextricable misterio de la oscuridad. Allí, los glaciares en mi pecho se fusionarán, permitiéndome respirar. El silencio hostil me inundará de dudas, pero esperaré a que decidas rescatarme de este abismo plegado en horizontal.
Esos segundos ya son historia, la breve eternidad se va. El sol queda eclipsado por este corto y sombrío trecho. Mi corazón  resuena cual contrabajo y todo lo que predije, sucede. Lo primero que te preguntaré al abandonar la oscuridad será crucial.
Al divisar la luz nuevamente, alojo las palabras entre mis labios, preparadas para ser disparadas sin clemencia. Sé que me he equivocado y no merezco tus sonrisas, pero el simple hecho de que no detengas tu mirada en la mía me corrompe hasta el alma.
Eres el mero significado de la amistad, eres un lado de la rebelde báscula en la que ambas sobrevivimos día a día. Eres, desde hace ya un tiempo, mi ventrículo derecho.
Entonces abandono el infestado miedo que me corroe cuando el aroma a tierra mojada vuelve a danzar exquisitamente bajo nuestras narices.
- ¿Seguirás siendo mi amiga, Sofía? – demando de un tirón.
Tú embebes la respuesta en el vino amargo que ahora es tu saliva y la estrujas al aire. Esta serpentea en cámara lenta hacia mí y yo la atrapo ansiosa entre mis manos.
De repente alguien ríe, alguien canta, alguien ama y me apresuro a remendar los retazos sobrevivientes de nuestra amistad, ya que todo mi temor lo exilió tu perdón.


4 comentarios:

  1. lindo lindoooooooooo
    viste que yo te dije que lo siguas jaja :)
    sigue asi pequeñaaa

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  2. Es bella tu forma de narrar el movimiento aunque personalmente la sobreadjetivación no le hace justicia, demasiada metáfora comprimida a una escena tan cotidiana.


    beso.

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    1. Gracias por tu opinión, enserio. Lo tendré en cuenta :)

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  3. Y es que la amistad es lo más importante (siempresiempre deberíamos protegerla).
    Muchas sonrisas neoyorkinas. P.

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