Era un día lluvioso. Uno de esos días en los que se desconoce cuánto
tiempo se verá el sol o cuánta humedad deberán soportar las rodillas. Un
día extrañamente bipolar, de tres climas y dos horas.
Comenzó opaco, inhumano. Un silencio aniquilaba el hogar de Julia. A
pesar de tratarse de un espacio de nueve por diecisiete pasos apretados,
Julián se
preparaba un café en la cocina, ajeno a los tarareos constantes de su
hermana, ajeno hasta de su presencia. Hacía ya tres meses que apenas
cruzaban una vocal, un gruñido o un refresco. Todo se limitaba a un
acotado juego
absurdo de permisos y gracias a regadientes.
Infestada ya de la plástica formalidad,
Julia decide
escapar. Enfunda sus manos en unos bolsillos sin fin y callejéa sin más,
pintando cada adoquín con la suciedad de sus suelas. Vaga por aquellas
calles escondidas de la ciudad,
protegida del ensordecedor gentío y navegando en su dilatada
imaginación,
precisamente en la ondulación de un mar danzante. Uno reflejado por un
terco sol, desplegando en todas direcciones esos distinguidos y efímeros
destellos que lo ciegan a uno como a propósito. Julia protege su vista ingenuamente con la mano, cuando el endiablado
estallido de un globo púrpura la abofetéa nuevamente a una esquina
soleada.
Accidentalmente,
el aroma sensual de un café propiamente hecho la sorprende desde una
sencilla confitería. Julia escoge la mesa más alejada de la ventana,
avergonzada de ser binocularizada por la gente al pasar, y se acomoda
desconfiadamente a la rústica canela
del lugar. Allí comienza a descoser su ritual. Retiene un silencio de
minutos, limpia sus tímidas y merecidas lágrimas en su ya rasgado café, y
finalmente sutura el dolor, demasiado cobarde como para extirparlo de
una buena vez.
Hagamos de esto algo divertido: ¿Quién se anima a terminarlo?
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