martes, 12 de junio de 2012

Mila lo espera junto al viejo roble, en las inmediaciones de la biblioteca. Viste su camiseta predilecta en espera de que él la vea y se esfuerza en distraer su afán, en arrollar sus piernas entumecidas y abrazar un viejo ejemplar. Observa a la mañana teñirse de madrugada y disfruta del pimpollo que brota a su lado, nuevo inmigrante en el prado. Se apabulla ante la cantidad de jóvenes estudiantes apresurados en sus estudios, se maravilla de la fusión entre las esponjosas nubes y de las hojas dentadas que aterrizan sobre su cabeza.
Objetos que contemplar tiene de sobra pero, ¿y el tiempo?
Esa madrugada no era la misma madrugada pasada. Esas lágrimas en su rostro, hoy no habían sido derramadas. No, ella lo recuerda claramente. Las gotas que se acunan en su rostro pertenecen a un tiempo remoto.  Sin embargo, al acariciarlas con sus manos, descubre la frescura contra su tacto.
¿Qué es hoy, que fue ayer y cuando es mañana?, se pregunta.
Asustada, comprende. Abre el viejo ejemplar y lo confirma. En su primera página lee un garabato: 2003. Entonces, ¿aquel libro descansaba sobre su regazo hacía 5 años? Imposible, ¿Acaso bellotas y semillas habían bastado para su supervivencia?
Mila quiso ponerse en pie pero sus débiles piernas no respondieron.  Indefensas, repletas de hierba y protegidas por una coraza grisácea y lisa, se estaban convirtiendo en parte del roble.
Le siguió su torso y, antes de que su corazón se entregara, rasgó cómo pudo un retazo de papel y trazó en él la última palabra que le dejaría al mundo.

Para cuando él llega, sin ecos y cuidando de sus pasos, ella humana  ya no parece.
 - ¡Mila, Mila! – desgarra sus pulmones a sal, raspando sus pena mayor al aire.
Entonces encuentra un retazo de pergamino escondido entre la hierba.  Lo abre y allí lee:

Adiós.



1 comentario:

  1. Me ha encantado el primer párrafo, y como juegas con el tiempo :)
    ¡Un beso!

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